13 de febrero de 2012

Tal vez haya vías más fáciles, pero ésta es la que me toca seguir a mí.

8 de febrero de 2012

Querer coger el viento con las manos y verme arrastrada por él

Mi estridente percepción de la realidad no me dejaba vivir tranquila. Estaba arraigada a ella, que ni tan buena era, ni tan mala, simplemente era, y no como me la habían descrito. Entonces solo quería tener los pies en el suelo de una manera tan consistente que mis zapatos penetrarían la misma tierra. Mi huida del autoengaño tenía una simple razón: alejarme del dolor.
Yo siempre sufría daños, engañada o sin engañar, siempre, porque cuando estaba en las nubes sabía que la gravedad de la vida me haría caer, y cuando rascaba la arena no me gustaba lo que veía. Mi propia naturaleza me obligaba a hacerlo, a ser de esta forma, estaba codificado en mi carácter, codificado en lo más profundo de mi genética, tenía que ser así y lo era.
Entonces con este comportamiento estaba  anulando constantemente el flujo de mi vida, poniendo muros sobre el hilo de lo que el destino quiere. Condicionando, condicionándome, meditando y premeditando todo lo que tenía que romper de mi realidad. Radical, cobarde, todo lo necesitaba tener bajo mis brazos, bajo mi control: lo real, lo espontáneo, lo inevitable. Desesperada vería como mis dedos arañaban el fin de esa posesión, el anhelo de un imposible, el control de mi incontrolable vida.
Querer coger el viento con las manos y verme arrastrada por él, el peor de los movimientos. Porque la brisa solo existe para los que las nubes habitan, para los ligeros a los cuales la gravedad no afecta.

7 de febrero de 2012

El tren de los heridos - Miguel Hernández



Silencio que naufraga en el silencio
de las bocas cerradas de la noche.
No cesa de callar ni atravesado.
Habla el lenguaje ahogado de los muertos.

Silencio.

Abre caminos de algodón profundo,
amordaza las ruedas, los relojes,
detén la voz del mar, de la paloma:
emociona la noche de los sueños.

Silencio.

El tren lluvioso de la sangre suelta,
el frágil tren de los que se desangran,
el silencioso, el doloroso, el pálido,
el tren callado de los sufrimientos.

Silencio.

Tren de la palidez mortal que asciende:
la palidez reviste las cabezas,
el ¡ay! la voz, el corazón la tierra,
el corazón de los que malhirieron.

Silencio.

Van derramando piernas, brazos, ojos,
van arrojando por el tren pedazos.
Pasan dejando rastros de amargura,
otra vía láctea de estelares miembros.

Silencio.

Ronco tren desmayado, enrojecido:
agoniza el carbón, suspira el humo
y, maternal la máquina suspira,
avanza como un largo desaliento.

Silencio.

Detenerse quisiera bajo un túnel
la larga madre, sollozar tendida.
No hay estaciones donde detenerse,
si no es el hospital, si no es el pecho.

Para vivir, con un pedazo basta:
en un rincón de carne cabe un hombre.
Un dedo solo, un solo trozo de ala
alza el vuelo total de todo un cuerpo.

Silencio.

Detened ese tren agonizante
que nunca acaba de cruzar la noche.

Y se queda descalzo hasta el caballo,
y enarena los cascos y el aliento.

11 de enero de 2012

Y las uñas en las paredes

Me sentía extremadamente frágil en aquel momento, si me hubiesen tocado con un dedo, me hubiera derrumbado. Sin embargo, me estaba parcialmente cómoda dentro de mi estado de fragilidad, como si ésta fuese provocada por una percepción correcta de una realidad desagradable, percepción a la cual aspiraba en mi estado normal. Por otra parte, el poner en duda si la situación realmente podría ir peor, me proporcionaba fuerza. Mínima, pero fuerza. Como si no tuviese nada que perder porque ya lo tenía todo perdido; la fuerza del superviviente, la hija de la espada y la pared, de la vida y la muerte.

7 de enero de 2012

Hasta los dos más perfectos suman uno más uno. No hay número que te salve de la soledad; ni pares, ni impares.